Sennin, un final merecido
En cuanto ella habló Gonsuké levantó la vacilante mano izquierda. Con las dos manos fuera de la rama, ¿Cómo podría mantenerse en el árbol? Después, cuando el doctor y su mujer retomaron aliento, Gonsuké y su haori se divisaron desprendidos de la rama y luego…y luego… Pero ¿Qué es eso? ¡Gonsuké se detuvo! ¡Se detuvo! En medio del aire, en vez de caer como un ladrillo, y allá arriba quedó, en plena luz del medio día, suspendido como una marioneta.
Mientras, allí abajo el doctor y su esposa casi desmayándose, atónitos, perplejos, vueltos locos y sin idea, maquinan en sus cabezas ¡qué rayos fue lo que hizo posible aquella maravilla! ¿Será que descubrieron inconscientemente el secreto para ser Sennin?
Mientras Gonsuké se alejaba, les gritó ¡gracias! Con un toque de burla y cinismo, porque en cierto modo entendía que aquello lo había logrado él con su fe y perseverancia, y al ver las expresiones de ellos “como si estuvieran sorprendidos”, lo cual no debía ser, pues se supone que ellos “sabían” lo que hacían; entonces Gonsuké orgulloso de sí mismo y agradecido con Dios les gritó: ¡Váyanse al carajo!, incrédulos, abusadores, faltos de fe.
Comprendió al fin que la fe sí mueve montañas.
Entonces el doctor y su mujer, envidiando a Gonsuké, dejaron sus bienes y se fueron a trabajar sin paga a casa de un hombre cuyo nombre no tiene importancia, y después de tener 20 años, se suben al árbol pero al contrario de Gonsuké ambos caen y mueren como consecuencia de sus malos actos: Dios había hecho justicia.
Pero, lamentablemente para Gonsuké las cosas no siguieron tan bellas, pues tras tener ya tres siglos de vida, comprendió que la vida sin esperar la muerte no tiene sentido pues lo que la hace especial es vivir cada día como si fuera el último.
Angely Ricardo nº 34
4to A Turismo.
